6 historias para reflexionar

Seguimos con el libro “El arte de amargarse la vida” de Paul Watzlawick, del que extraemos estas 6 historias para reflexionar

La llave

Un borracho está buscando con afán bajo un farol. Se acerca un policía y le pregunta qué ha perdido. El hombre responde “Mi llave”. Ahora son dos los que buscan. Al fin, el policía pregunta al hombre si está seguro de haber perdido la llave precisamente aquí. Éste responde: “No, aquí no, sino allí detrás, pero allí está demasiado oscuro.”

Buena historia para reflexionar sobre la zona de confort y cómo intentamos soluciones repetidas, en base a patrones que conocemos y hemos probado, aunque las situaciones requieran nuevas respuestas.

La diferencia entre un ruso y un americano (de M. Mead)

El americano tiende a fingir mal de cabeza para disculparse de una obligación social molesta sin llamar la atención. El ruso, en cambio, necesita tener realmente dolor de cabeza.

La solución rusa es incomparablemente mejor y más elegante. Tiene la capacidad de producir motivos de disculpa sin saber cómo lo hace y, por lo tanto, sin ser responsable de ello.

La historia del martillo

Un hombre que quiere colgar un cuadro. Tiene el clavo, pero le falta el martillo. El vecino tiene uno. Así, nuestro hombre decide pedírselo al vecino. Pero le asalta una duda, ¿y si no quiere prestármelo? Recuerda entonces que ayer le saludó algo distraído. Quizá tenía prisa. Pero quizá la prisa sólo era un pretexto, y está enfadado conmigo. ¿Por qué, si no le he hecho nada? Sin embargo, si a mi alguien me pidiera prestada alguna herramienta, yo se la daría enseguida, ¿por qué no ha de hacerlo él también? ¿cómo puede uno negarse a un favor tan sencillo? Tipos como éste le amargan a uno la vida. Y luego se imaginará que dependo de él, sólo porque tiene un martillo.

Después de este diálogo interior, nuestro hombre sale a casa del vecino, toca el timbre, y antes de que el vecino pueda decirle “buenos días”, el hombre le grita furioso “Quédese usted con su martillo”.

Fantástico ejemplo de la profecía autocumplida, o como nuestras expectativas y prejuicios sobre una situación pueden incidir significativamente en ella. También un buen ejemplo de la diferencia entre intenciones e interpretaciones en la comunicación.

El puñado de guisantes

En su lecho de muerte, una mujer joven hace jurar a su marido que no se comprometa con ninguna otra mujer. “Si faltas a tu promesa, vendré en espíritu y no te dejaré vivir tranquilo”. El marido al principio mantiene su palabra, pero al cabo de unos meses conoce a otra mujer y se enamora de ella.

Muy pronto empieza a aparecérsele un espíritu cada noche que le acusa de haber faltado a su juramento. Para el hombre no hay duda de que se trata de un espíritu, pues el fantasma nocturno no sólo está informado de todo lo que pasa cada día entre él y su nueva amiga, sino que también conoce exactamente sus pensamientos, esperanzas y sentimientos.

Como la situación se le hace insorportable, el hombre decide ir a pedir consejo a un maestro de zen. “Vuestra primera mujer se ha convertido en espíritu y sabe todo lo que vos hacéis o decís, todo lo que dais a vuestra prometida, él lo sabe. Tiene que ser un espíritu muy sabio. En verdad, tendríais que admiraros de un tal espíritu. Cuando se os aparezca de nuevo, haced un trato con él. Decidle que sabe tanto, que vos no le podéis ocultar nada y que vais a romper vuestro compromiso, si puede contestaros una sola pregunta. Tomad un buen puñado de guisantes y preguntadle por el número exacto de guisantes que tenéis en la mano. Si no os sabe responder, sabréis que el espíritu no es más que un producto de vuestra imaginación y ya no os molestará más.”

Cuando a la noche siguiente apareció el espíritu de la mujer, el hombre le alabó profusamente por su gran sabiduría. “Efectivamente”, respondió el espíritu, “lo sé todo y sé que hoy has ido a ver al maestro de zen”. “Y ya que sabes tanto”, prosiguió el hombre, “dime cuántos guisantes tengo en la mano.” Y ya no hubo espíritu alguno para responder a esta pregunta.

O cómo tendemos a proyectar nuestros miedos en el exterior, buscando argumentos que los sustenten.

La solterona

Una solterona vive a la orilla de un río y se queja a la policía de que unos jovenzuelos se bañan desnudos delante de su casa.

El inspector manda a un subalterno que diga a los chicos que no se bañen delante de la casa, sino río arriba donde ya no haya casas.

Al cabo de unos días, la dama llama de nuevo por teléfono: los jóvenes nadan todavía más arriba. El policía vuelve y los manda más arriba.

Unos días después, la señora indignada acude otra vez al inspector y se queja. Desde la ventana del desván todavía puede verlos con unos prismáticos.

Otro buen ejemplo de cómo tendemos a proyectar nuestros miedos en el exterior, distorsionando nuestra percepción y focalizándonos selectivamente en aquello que nos ocupa mentalmente y hasta “inventando” realidades que se adecuen a nuestras creencias.

El hombre que daba una palmada cada diez segundos

Uno le pregunta por el motivo de tan extraño proceder. El hombre responde: “Para espantar elefantes”. “Pero si no hay elefantes”. “¡Ves! ¡Funciona!”.

O cómo nos hacemos prisioneros de nuestras propias conductas de evitación / protección.


A nosotros nos gusta especialmente la historia de los guisantes… ¿Y a ti? ¿Cuál es tu favorita?

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Las fotos: Juan Antonio Canales (llave), hdur (martillo) y Erik Jörgensen (guisante)

 

 

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